Un momento mágico, íntimo, donde el mundo que nos rodea se detiene y solo quedamos ella y yo.

Y a pesar de que muchas veces no estamos solas, conseguimos evadirnos de todos. Y entonces se respira paz y tranquilidad. Todos los males se esfuman. No hay espacio para nada más. Estamos ella y yo y es nuestro momento mientras ella se alimenta de mi amor. Y, aunque al principio este amor es por pura conveniencia suya, pues solo busca el alimento. A lo largo de los días, esta conveniencia se convierte en un amor incondicional.

Nos buscamos constantemente con las miradas y me da la sensación de que nos entendemos. Me convierto en su calma, su consuelo. Cobijada entre mis brazos se siente segura, protegida. Y mientras todo esto ocurre, yo solo puedo mirarla. Le miro las manitas tan chiquitinas y esos deditos que no dejan de acariciarme los pechos con ese tacto tan suave y tan dulce mientras nuestras miradas se cruzan fijamente. Le miro los ojos que están como dos soles de abiertos. Ella también me mira, pero poco a poco se le van cerrando porque está muy agustico.

¿Y qué puedo hacer yo sino seguir mirándola? Tiene una magia que no me deja quitarle los ojos de encima. Y aunque me duelen las cervicales, no me importa, porque ya no quiero mirar a otro lado… Y entonces la escucho. Escucho sus suspiros y su respiración. Y me entra un escalofrío de pies a cabeza que me saca esa sonrisa tontorrona. Y entonces ocurre. Ocurre ese no se qué que me deja sin palabras, que me emociona. Y suspiro yo también. Terminamos respirando las dos al mismo tiempo, hasta quedarse dormida en mis brazos y esto provoca en mí un estado de máxima felicidad.

Mi pezón se convierte en ese momento en su chupete, y a pesar de que yo lo sé, se lo permito. Quizás por egoísmo mío, quizás porque me encanta tenerla en mis brazos mientras nuestros corazones baten al mismo tiempo. Pero sigue sin importarme. Ni siquiera me preocupa porque soy consciente de que esto es algo pasajero y no quiero perderme ni un momento mientras pueda… No permito que mis oídos escuchen las voces de alrededor.

Hago lo que siento, lo que me apetece en ese momento y no me importan las demás opiniones. Sigo sumergida en ese silencio profundo tan agradable, mientras me balanceo sin parar. Ya está dormida pero mi cuerpo no puede parar, me sale solo el movimiento de balanceo, y a pesar de que soy consciente de eso sigo y sigo con el balanceo. Me gusta. Y con todo esto mi corazón siente una plenitud inexplicable. Un chute intravenoso de amor en estado puro que no se puede explicar con palabras recorre por mis venas y provoca esas mariposas en mi estómago…

¡Qué silencio tan agradable! Jamás un silencio me había hecho sentir tan cómoda ni me había gustado tanto como este.
Sé que tengo casa patas arriba pero me importa un carajo. Tengo miles de tareas pendientes por hacer, pero no pasa nada. Yo disfruto de ese momento, de esa conexión, de esa magia…

Y entonces lo comprendo todo. Todo cobra sentido. El silencio habla por sí solo. ESTE MOMENTO NO LO CAMBIO POR NADA.

La lactancia para mí ha sido lo más maravilloso del mundo…